Un día cualquiera recibimos la visita de los que una vez, después de compartir muchos años con nosotros, se fueron con sus ocurrencias y sueños a otra parte. La tarde en la escuela se llena de melancolía, de conversaciones diferentes y de risas que celebran recuerdos banales, acontecimientos mínimos, palabras que se le roban al pasado.
Un como vaho de nostalgia lo cubre todo en ese mínimo espacio que ocupan aquellos que conocimos de niños, y ahora están frente a nosotros hechos hombres y mujeres que van por la vida a la que quizás antes temían.
Yo los miro y siento que por un momento en aquel universo diario de todos nosotros se decreta una tregua en el tiempo y se recobra un pasado que fue amable.
Unas horas después se marchan con la promesa de que volverán muy pronto y así nos hacen sentir que nos extrañan, y que habernos encontrado en la vida nos hace un poco de ellos como a ellos de nosotros.
Apuntes de un profesor
"¡Qué pedagogos éramos cuando no nos preocupábamos por la pedagogía!" Daniel Pennac
viernes 23 de diciembre de 2011
miércoles 21 de diciembre de 2011
26
El olor a borrador me trae con nitidez a la memoria el recuerdo mi madre. Ocurre que, cuando niños, la mayoría de las veces a mis hermanos y a mí nos tocó estudiar con libros usados; y una de las primeras tareas, que ella abanderaba con alegre diligencia, consistía en dejar lo más limpias posibles y dispuestas para la lectura y la escritura aquellas hojas que antes habían pasado por otras manos diferentes a las de sus hijos.
Conformaban el infaltable ritual de comienzo de año algunas como etapas cuyo recuerdo tengo fresco: primero, la excursión al mercado en busca de los libros; luego, encaminar nuestros pasos durante largas y largas horas adentrándonos por los parajes en que se levantaban los tenderetes que comerciaban este tipo de mercancía de ocasión; al final, la aventura de hallarlos en un estado digno y no permitir que su compra fuera a significar mucho desmedro en la siempre débil economía de la casa. Mi madre tenía claro que debía proveernos de los útiles indispensables para acudir al colegio, pero también se preocupaba por cuidar otros menesteres asimismo importantes para nosotros.
Cualquier esfuerzo, sin embargo, se volvía insignificante e indigno de ser mencionado si lo comparábamos con el goce que nos deparaba, al regreso, sacar los libros de la bolsa e irlos regando sobre la mesa familiar y comprobar que algunos apenas tenían trazadas unas cuantas líneas y que sólo restaba forrarlos de nuevo para empezar a llevarlos al colegio.
Cuando, por el contrario, el libro se encontraba bastante manoseado, prueba de que su anterior propietario le había dado buen uso o al menos había andado de acá para allá con éste debajo del brazo, se nos daba por escudriñar la letra, que nos permitía –no sin cierta arbitrariedad– juzgar al tipo de estudiante que lo había tenido en su manos: laborioso o desganado, creativo o conformista con la realidad, metódico o desordenado. Después venía la labor de ir haciendo desaparecer con el paso del borrador las respuestas y creaciones que quizás a aquel otro niño le había costado tantas horas de esfuerzo y dedicación y acaso algunas lágrimas.
A veces sucedía que en medio de aquella faena nos encontrábamos con la recompensa de algún apunte que nos hacía meditar o reír por la idea que encerraba. Mi madre se detenía en éste por un rato y lo leía en voz alta para nosotros, tras lo cual nos interrogaba queriendo saber nuestro parecer sobre la idea que esas palabras sugerían. Más de una logró sobrevivir de esta manera a la mano implacable de mi madre, que la dejaba incólume y agregaba sin querer con ese gesto un detalle pintoresco a las hojas del libro. A pesar de que muchas de ellas después las repasaba con lápices de colores diferentes y mostraba a mis amigos más allegados, ahora no recuerdo ninguna, pero sí se me aparece en la mente la sonrisa clara de mi madre celebrando el hallazgo. Cada vez que recuerdo ese hecho, me pregunto si no estará allí el origen de la devoción que siento por la palabra escrita.
Azul y con rayas blancas para las huellas del lápiz o alargado y de tonos grises para las dejadas por el bolígrafo, el borrador en las manos de mi madre se convertía en una herramienta eficaz que ella sabía mover con método y presteza sobre las hojas. Los títulos de grandes letras, las líneas en letras más pequeñas, las planas hechas de manera mecánica, los números, los signos, a veces pequeños bocetos de dibujos, iban dando paso a la blancura de una hoja que ella al final soplaba y acariciaba con amor, pues había quedado lista para ser usada por nosotros. Era, sin duda, su manera sutil de decirnos cuán confiada estaba en que a la mañana siguiente, al momento de entregarnos a los deberes escolares, volveríamos a llenarlas con los trazos de las ideas y ocurrencias de nuestras mentes y corazones infantiles, que ella nunca se cansaba de acicatear.
El que provoca en mí el olor a borrador no es, por lo tanto, un recuerdo triste, ni magnificado por la nostalgia. Desde que me hice maestro, se convirtió en uno de mis olores cotidianos, que me sigue a casa y se queda conmigo incluso en los días de asueto y en las largas temporadas en que no me toca a ir al colegio. Eso sí: cuando lo percibo en cualquier salón de clases, acostumbro a seguirlo con un afán que del que a veces yo mismo me sorprendo, pero que quizás muy pocos podrían notar.
Después que doy con su origen, me dispongo sin grandes gestos muy cerca de la mano que borra y borra como lo hacía mi madre y allí, a su lado, me pongo a pensar que detrás de este niño que ahora intenta desaparecer el yerro que cometió, debe de haber también una amorosa y paciente y madre que muchas veces tomó entre su mano la mano de su hijo para enseñarle que, detrás de ese sencillo acto de pulcritud y honestidad que no permite dejar pasar por alto los errores, hay de algún modo una reafirmación de la confianza en aquellos a quienes más amamos.
Conformaban el infaltable ritual de comienzo de año algunas como etapas cuyo recuerdo tengo fresco: primero, la excursión al mercado en busca de los libros; luego, encaminar nuestros pasos durante largas y largas horas adentrándonos por los parajes en que se levantaban los tenderetes que comerciaban este tipo de mercancía de ocasión; al final, la aventura de hallarlos en un estado digno y no permitir que su compra fuera a significar mucho desmedro en la siempre débil economía de la casa. Mi madre tenía claro que debía proveernos de los útiles indispensables para acudir al colegio, pero también se preocupaba por cuidar otros menesteres asimismo importantes para nosotros.
Cualquier esfuerzo, sin embargo, se volvía insignificante e indigno de ser mencionado si lo comparábamos con el goce que nos deparaba, al regreso, sacar los libros de la bolsa e irlos regando sobre la mesa familiar y comprobar que algunos apenas tenían trazadas unas cuantas líneas y que sólo restaba forrarlos de nuevo para empezar a llevarlos al colegio.
Cuando, por el contrario, el libro se encontraba bastante manoseado, prueba de que su anterior propietario le había dado buen uso o al menos había andado de acá para allá con éste debajo del brazo, se nos daba por escudriñar la letra, que nos permitía –no sin cierta arbitrariedad– juzgar al tipo de estudiante que lo había tenido en su manos: laborioso o desganado, creativo o conformista con la realidad, metódico o desordenado. Después venía la labor de ir haciendo desaparecer con el paso del borrador las respuestas y creaciones que quizás a aquel otro niño le había costado tantas horas de esfuerzo y dedicación y acaso algunas lágrimas.
A veces sucedía que en medio de aquella faena nos encontrábamos con la recompensa de algún apunte que nos hacía meditar o reír por la idea que encerraba. Mi madre se detenía en éste por un rato y lo leía en voz alta para nosotros, tras lo cual nos interrogaba queriendo saber nuestro parecer sobre la idea que esas palabras sugerían. Más de una logró sobrevivir de esta manera a la mano implacable de mi madre, que la dejaba incólume y agregaba sin querer con ese gesto un detalle pintoresco a las hojas del libro. A pesar de que muchas de ellas después las repasaba con lápices de colores diferentes y mostraba a mis amigos más allegados, ahora no recuerdo ninguna, pero sí se me aparece en la mente la sonrisa clara de mi madre celebrando el hallazgo. Cada vez que recuerdo ese hecho, me pregunto si no estará allí el origen de la devoción que siento por la palabra escrita.
Azul y con rayas blancas para las huellas del lápiz o alargado y de tonos grises para las dejadas por el bolígrafo, el borrador en las manos de mi madre se convertía en una herramienta eficaz que ella sabía mover con método y presteza sobre las hojas. Los títulos de grandes letras, las líneas en letras más pequeñas, las planas hechas de manera mecánica, los números, los signos, a veces pequeños bocetos de dibujos, iban dando paso a la blancura de una hoja que ella al final soplaba y acariciaba con amor, pues había quedado lista para ser usada por nosotros. Era, sin duda, su manera sutil de decirnos cuán confiada estaba en que a la mañana siguiente, al momento de entregarnos a los deberes escolares, volveríamos a llenarlas con los trazos de las ideas y ocurrencias de nuestras mentes y corazones infantiles, que ella nunca se cansaba de acicatear.
El que provoca en mí el olor a borrador no es, por lo tanto, un recuerdo triste, ni magnificado por la nostalgia. Desde que me hice maestro, se convirtió en uno de mis olores cotidianos, que me sigue a casa y se queda conmigo incluso en los días de asueto y en las largas temporadas en que no me toca a ir al colegio. Eso sí: cuando lo percibo en cualquier salón de clases, acostumbro a seguirlo con un afán que del que a veces yo mismo me sorprendo, pero que quizás muy pocos podrían notar.
Después que doy con su origen, me dispongo sin grandes gestos muy cerca de la mano que borra y borra como lo hacía mi madre y allí, a su lado, me pongo a pensar que detrás de este niño que ahora intenta desaparecer el yerro que cometió, debe de haber también una amorosa y paciente y madre que muchas veces tomó entre su mano la mano de su hijo para enseñarle que, detrás de ese sencillo acto de pulcritud y honestidad que no permite dejar pasar por alto los errores, hay de algún modo una reafirmación de la confianza en aquellos a quienes más amamos.
martes 20 de diciembre de 2011
25
Si se le mira bien, una clase no es más que un conjunto de rostros al que el azar ha reunido en un momento y espacio determinados.
Está, por ejemplo, el rostro indiferente del alumno que sus padres forzan a estudiar cuando él preferiría andar vagando por calles y calles, pues en su alma siente con claridad el llamado del azar y la aventura.
El de la niña inocente, que no conoce el sufrir y ve la vida con candidez y siente que ésta es una perfecta y armónica disposición de elementos dispuestos por la naturaleza divina para el disfrute del hombre. Así, no cree que pueda haber otros que viven en medio del dolor.
También el del soñador, que descubre que él hubiera querido ser uno de esos hombres de los que con frecuencia sus maestros hablan en tono grandilocuente. Un prócer de la historia nacional, un científico reputado, acaso un pensador o un benefactor de la humanidad. Tanto lo desea que a veces se le oye decir con desencanto que “él nació en una época equivocada”.
Y el rostro del solitario para el que no existe el mundo: se conforma con mirarlo de lejos, sin decidirse participar en él y viendo como los seres van y vienen de su lado, pero sin apegarse a ninguno, pues su verdadera amiga, con quien mejor se entiende, es la soledad.
En una clase hay también rostros que juegan con la vida y con las palabras, que siempre sonríen y descubren los intersticios de felicidad que ésta se empeña en ocultar. Nunca fruncen el ceño, sus ojos jamás se entristecen y de su boca sólo brotan palabras de concordia.
Y está, por supuesto, el rostro del maestro, que ha de ser siempre sereno y atento, capaz de avizorar entre los muchos que tiene a diario enfrente suyo cualquier gesto que le permita acercarse más al alma de aquellos que, tras un rostro, guardan una promesa para confiársela a la vida.
Está, por ejemplo, el rostro indiferente del alumno que sus padres forzan a estudiar cuando él preferiría andar vagando por calles y calles, pues en su alma siente con claridad el llamado del azar y la aventura.
El de la niña inocente, que no conoce el sufrir y ve la vida con candidez y siente que ésta es una perfecta y armónica disposición de elementos dispuestos por la naturaleza divina para el disfrute del hombre. Así, no cree que pueda haber otros que viven en medio del dolor.
También el del soñador, que descubre que él hubiera querido ser uno de esos hombres de los que con frecuencia sus maestros hablan en tono grandilocuente. Un prócer de la historia nacional, un científico reputado, acaso un pensador o un benefactor de la humanidad. Tanto lo desea que a veces se le oye decir con desencanto que “él nació en una época equivocada”.
Y el rostro del solitario para el que no existe el mundo: se conforma con mirarlo de lejos, sin decidirse participar en él y viendo como los seres van y vienen de su lado, pero sin apegarse a ninguno, pues su verdadera amiga, con quien mejor se entiende, es la soledad.
En una clase hay también rostros que juegan con la vida y con las palabras, que siempre sonríen y descubren los intersticios de felicidad que ésta se empeña en ocultar. Nunca fruncen el ceño, sus ojos jamás se entristecen y de su boca sólo brotan palabras de concordia.
Y está, por supuesto, el rostro del maestro, que ha de ser siempre sereno y atento, capaz de avizorar entre los muchos que tiene a diario enfrente suyo cualquier gesto que le permita acercarse más al alma de aquellos que, tras un rostro, guardan una promesa para confiársela a la vida.
sábado 17 de diciembre de 2011
24
No creo que sea tan sólo un inocente juego de palabras como en los que a veces suelo incurrir en estos apuntes (y que el respetable lector de estas páginas puede con libertad pasar por alto, sin que nada deba lamentar). Infortunadamente es más: Las sillas en perfecta alineación y las mentes de los estudiantes en la más absoluta alienación.
Ése parece ser el deseo vehemente de aquel maestro de rostro adusto, incapaz del regalo de la sonrisa, al que, para desgracia suya y de sus discípulos, la rutina parece haberle robado la posibilidad de imaginar.
Ése parece ser el deseo vehemente de aquel maestro de rostro adusto, incapaz del regalo de la sonrisa, al que, para desgracia suya y de sus discípulos, la rutina parece haberle robado la posibilidad de imaginar.
viernes 16 de diciembre de 2011
23
¿Ya se dio cuenta el profesor de letras de que en el corazón de aquel estudiante en apariencia díscolo, que a hurtadillas se atreve a escribir desesperadas frases de amor en las paredes del salón, yace dormido un lector, y quizás un poeta, esperando que él le ponga la mano en el hombro y lo despierte para la magia de los libros?
jueves 15 de diciembre de 2011
22
Bien vale la pena –así sólo sea para comprobar la buena salud de quienes a diario discurren en el dilatado universo de la escuela– que de vez en cuando a un imberbe adolescente se le permita la libertad de gritar a voz en cuello que sí, que reprobó el examen porque ha perdido la cabeza por amor a su maestra.
martes 13 de diciembre de 2011
21
¿Por qué encerrar las palabras en los cuadernos y negárselas a los niños que levantan la mano con el deseo vehemente de descubrir el mundo a través de ellas?
¡Suéltenles las amarras, déjenlas volar! Si suyas, volverán siempre a ellos; pero si no les pertenecen de nada valdrá apresarlas, pues al cabo de un tiempo levantarán el vuelo.
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